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Los Girasoles Ciegos

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MensajeTema: Los Girasoles Ciegos   Miér Abr 15, 2009 12:12 pm

En los próximos días o semanas se irán publicando partes del libro para que todas/os y de paso así podréis darme vuestra opinión del libro que si al final os gusta recomendare que lo consigáis.

Por cierto seguramente no tenga nada que ver con la película o si lo tenga que ver, pero creo yo que seria mejor que estuvierais ha tantas a las publicaciones y lo mas importante que lo disfrutéis.
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MensajeTema: Los Girasoles Ciegos   Miér Abr 15, 2009 1:26 pm

Primera derrota: 1939
O
Si el corazón pensara dejaría de latir


Ahora sabemos que el capitán Alegría eligió su propia muerte a ciegas, sin mirar el rostro furibundo del futuro que aguarda a las vidas tranzadas al contrario. Eligio entremorir sin pasiones ni aspavientos, sin levantar la voz mas allá del momento en que cruzo el campo de batalla, con las manos levantadas lo necesario para no parecer importante y, ante un enemigo incrédulo, gritar una y varias veces mas “¡Soy un rendido!”.
Bajo un aire tibio, transparente como un aroma, Madrid nocheaba en silencio melancólico alterado solo por el estallido apagado de los obuses cayendo sobre la cuidad con una cadencia litúrgica. “Soy un rendido”. Durante dos o tres noches, el capitán Alegría estuvo definiendo este momento. Es probable que se negara a decir “me rindo” porque esa frase respondería a algo congelado en un instante cuando la verdad es que él se había ido rindiendo poco a poco. Primero se rindió, después se entrego al enemigo. Cuando tuvo oportunidad de hablar de ello, definió su gesto como una victoria al revés. “Aunque todas las guerras se pagan con los muertos, hace tiempo que luchamos por usura. Tendremos que elegir entre ganar una guerra o conquistar un cementerio”, concluía en una carta que escribió a su novia Inés en enero de 1938. Ahora sabemos que él, había rechazado de ante mano ambas opciones.
Sabiendo ahora lo que sabemos de Carlos Alegria, podemos afirmar que durante el transito entre las dos trincheras solo escucho el alboroto de su pánico. Todos los ruidos, las explosiones, los gritos, fueron absorbidos por el silencio de la noche. Madrid estaba al fondo como un escenario, salpicando la tibieza del aire con los perfiles de una ciudad apagada por la luna dibujaba a su pesar.
Así comenzó la derrota del capitán Alegria. Durante tres largos años había observado a ese enemigo desarrapado y paisano, anonarada esa cuidad inmóvil, silenciosa, que había trazado sus limites al azar, tras unas trincheras desde las que hacia tiempo nadie esperaba un ataque.

“La violencia y el dolor, la rabia y la debilidad, en un ritual de esperas donde entonan la misma salmodia el que mata y muere, la victima y su verdugo; ya solo se habla la lengua de la espada o el idioma de la herida”, escribió Alegria a su profesor de Derecho Natural en Salamanca dos meses antes de rendirse al enemigo.
Tres años dedicados a la inteligencia con el rigor maniático del agrimensor, con la transigencia del hijo único, para que nadie obtuviera un proyectil sin la orden oportuna ni a nadie le faltara el rancho para seguir combatiendo. Fueron también tres años escrutando la derrota con los prismaticos verdosos que su centro de inteligencia distribuía regularmente entre las estrategas de la guerra, entre los observadores del combate, entre curiosos de la muerte. Los horrores que no vio se los había contado.
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MensajeTema: Re: Los Girasoles Ciegos   Jue Abr 16, 2009 6:47 pm

Desde su adarve, observaba al enemigo, le veía ir y venir de la oficina al frente,
del frente al taller, del ejército a la familia, de la rutina a la muerte. Al principio pensó
que era un ejército sin alma de ejército y que por ello debería ser vencido. Con el
tiempo, llegó a la conclusión -y así lo reflejó en sus cartas- de que era un ejército civil,
«que es lo mismo que ser un ave subterránea o una alimaña angélica». Finalmente,
viéndoles guerrear como quien ayuda al vecino a cuidar a un familiar enfermo, la idea
de que eran hombres nacidos para la derrota convirtió a aquellos milicianos en un
inventario de cadáveres. Siempre lleva las de perder el que más muertos sepulta.
La primera vez que el capitán Alegría estuvo cerca del riesgo fue, precisamente,

el día que comienza esta historia. Su decisión no fue la de unirse al enemigo sino
rendirse, entregarse prisionero. Un desertor es un enemigo que ha dejado de serlo; un
rendido es un enemigo derrotado, pero sigue siendo un enemigo. Alegría insistió varias
veces sobre ello cuando fue acusado de traición. Pero eso ocurrió más tarde.
En una confidencia inoportuna que días más tarde utilizaría el fiscal militar para
pedir su muerte con ignominia, Alegría confesó a un suboficial intachable que los defensores
de la República hubieran humillado más al ejército de Franco rindiéndose el
primer día de la guerra que resistiendo tenazmente, porque cada muerto de esa guerra,
fuera del bando que fuera, había servido sólo para glorificar al que mataba. Sin muertos,
dijo, no habría gloria, y sin gloria, sólo habría derrotados.
Aunque se unió al ejército sublevado en julio de 1936, al principio estuvo bajo la
indecisión de sus mandos, que no veían en aquel alférez provisional las cualidades de un
guerrero y que destinaron finalmente a Intendencia, donde su rectitud y su formación
serían más útiles que en el campo de batalla. Sin embargo, sabemos por los comentarios
a sus compañeros de armas que un cansancio sumergido y el pasar de los muertos le
transformó, según sus propias palabras, en un vivo rutinario. Aun así, a finales de 1938,
fue ascendido al grado de capitán para premiar su celo.
Soy un rendido.
Es probable que el tipógrafo armado con un fusil que desplazó el várgano de la
alambrada para hacerse cargo de un capitán del ejército sublevado nunca llegara a saber
que así comenzaba otro caos que sólo tangencialmente tenía algo que ver con esa
guerra.
Nadie disparó. Cuando llegó al borde de una trinchera republicana, varios
hombres vestidos de paisano le apuntaron con sus armas asustados y amenazantes. Obedeciendo
una orden, saltó al interior de la trinchera y alguien en la oscuridad le despojó
de la pistola que llevaba al cinto. No opuso resistencia. El arma estaba limpia, brillante
y engatillada; jamás había disparado. Para el capitán Alegría desprenderse de ella
hubiera sido contravenir las ordenanzas. Se rendía, es cierto, pero en perfecto estado de
revista.
No había nada fiero ni castrense en su aspecto: más bien parecía un pasante de
notario disfrazado de soldado: una cara redonda y apelotonada alrededor de unas gafas
también redondas coronaba un cuerpo que, de no ser por la gorra de plato, hubiera
parecido diminuto. Todos los testimonios que hemos encontrado hablan de cierta altivez
en su actitud a pesar de su obediencia. Acató todas las órdenes como si las esperara en
la misma secuencia en que se produjeron.
Primero estuvo de rodillas con las manos en la nuca, luego boca abajo con las
manos en la nuca, después tuvo que caminar con las manos en la nuca atravesando un
dédalo de trincheras donde hombres desarrapados vigilaban un horizonte oscuro e
invisible y, por último, con las manos en la nuca, salió a un claro de la arboleda donde
un capitán con abrigo de felpa le observó de arriba abajo a la luz de un candil de
carburo. Todas las órdenes le habían sido susurradas por sus apresadores, pero aquel
militar desarbolado que tenía enfrente no tuvo ningún reparo en preguntarle a voz en
grito qué cono hacía allí.
-El Comité de Defensa de Madrid va a rendirse mañana o pasado mañana -dijo
Alegría en un tono que contrastaba con el de la pregunta.
-¿Por eso te rindes? No jodas.
—Por eso.
La conversación se disipó en cuchicheos y frases susurradas por aquellos
soldados sin uniforme, aunque hasta él sólo llegaban sus miradas curiosas y sus sonrisas
condescendientes. Le tomaron por un loco.
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MensajeTema: Re: Los Girasoles Ciegos   Jue Abr 16, 2009 11:33 pm

¡¡¡Qué bien!!

xD
Me alegra que te aficiones a la literatura!!

xDD

¡Un besazo!
_________________
La chica se detuvo en seco y contempló el espejo.

—Hola.
—Hola.
—Mi nombre es Luna.
—El mío también.
—¿Quién eres?
—Soy tú.
—Eso es imposible; sólo puede existir un yo en éste mundo. Tú eres una burda copia barata mía.
—No; tú no eres yo.
—¿Qué dices? ¡Deja de liarme! Ahora mismo romperé el cristal, y como tú eres mi reflejo te harás trizas.

... Y entonces la copia barata se hizo añicos.

—Ya te dije que tú no eras yo.
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